La transición del nomadismo al sedentarismo, alrededor del 10.000 a.C., impulsó el surgimiento de la agricultura. Este cambio revolucionario permitió a las comunidades almacenar alimentos, experimentar con cultivos y domesticar plantas, sentando las bases para el estudio sistemático de la flora, aunque todavía de forma rudimentaria.
En las grandes civilizaciones del Antiguo Egipto y Mesopotamia, ya se observaban jardines diseñados con vegetación ornamental y funcional. Aunque no eran jardines botánicos tal como los entendemos ahora, estas estructuras eran espacios cultivados con propósito estético, religioso y en ocasiones práctico, como los famosos Jardines Colgantes de Babilonia.
En China, desde alrededor del 2800 a.C., surgieron los primeros ejemplos documentados de jardines destinados al cultivo de plantas medicinales. El “Jardín de Medicina de Shennong” y otros como el “Jingshi Medicine Garden” o el “Planting Experiment Garden” en la dinastía Ming son ejemplos de esos espacios tempranos dedicados a plantas curativas.
Durante la Edad Media, los jardines siguieron vigentes en monasterios, donde se cultivaban hierbas con fines farmacéuticos. En Europa y el mundo islámico, estos espacios tenían énfasis en lo útil y lo espiritual, aunque todavía no se configuraban como entidades institucionales de estudio botánico.
Fue en el Renacimiento cuando se consolidó la figura del jardín botánico como institución científica. Relacionados con facultades de medicina y universidades, estos espacios —los “hortus medicus”— organizaban colecciones vivas de plantas medicinales con fines docentes y científicos.
Uno de los primeros fue el Jardín Botánico de Padua (Italia), fundado en 1545 y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Le siguieron importantes jardines como el de Pisa (1544), Florencia (1545) y Bolonia (1568), que sentaron las bases de la taxonomía vegetal moderna. También el Hortus Botanicus de Ámsterdam, fundado en 1638 como jardín para médicos y boticarios, refleja esta tradición renacentista.
Durante los siglos XVII y XVIII, el desarrollo de la botánica como ciencia, junto con la expansión colonial europea, propició la creación de jardines botánicos en diversos continentes. En este periodo, los jardines botánicos se multiplicaron por Europa, las Américas y Asia, expandiendo su alcance más allá de lo medicinal hacia la investigación, la aclimatación de especies y colecciones exóticas.
Ejemplos destacados incluyen el Royal Botanic Gardens Kew (Reino Unido), establecido formalmente en 1759, uno de los centros botánicos más influyentes del mundo, donde no solo se desarrollaron investigaciones taxonómicas fundamentales, sino que centralizó la recolección y aclimatación de especies procedentes de las colonias del Imperio Británico, y el Real Jardín Botánico de Madrid (España), fundado en 1783, que formó parte del proceso de institucionalización de la ciencia en las colonias españolas y se convirtió en un nodo central del proyecto ilustrado de expediciones botánicas, como la dirigida por José Celestino Mutis.
En Estados Unidos, el Missouri Botanical Garden, fundado en 1859 San Louis, es hoy uno de los jardines más reconocidos por su liderazgo en botánica sistemática, etnobotánica y conservación global.
En el siglo XX, los jardines botánicos asumieron un nuevo rol en la protección de la biodiversidad. De ser centros de aclimatación agrícola y colecciones científicas, pasaron a convertirse en espacios clave en la educación pública, la investigación científica, la preservación de biodiversidad, la sensibilización ambiental y la participación comunitaria.
Actualmente, existen más de 3.000 jardines botánicos en el mundo, muchos agrupados en redes globales como Botanic Gardens Conservation International BGCI, que promueven su papel frente al cambio climático, la pérdida de especies y la sostenibilidad.